EL ESTAFADOR #160: ¿QUIÉN SE HA TIRADO UN PEDO?

20/03/2013

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editostafa

Nos gustan los temas con profundidad. Los temas que llegan a la gente. Los temas que marcan, de esos que te acuerdas a lo largo del tiempo, que te marcan, cotidianos, familiares para los lectores, humanos y que hacen que te transportes a otros mundos. Por eso hoy le dedicamos el estafador a los pedos. Al fin y al cabo, el mundo del pedo, de esa expresión anal está llena de matices. Pasen y huelan, amigos… ¿Quién se ha tirado un pedo?

Javiventoso

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JAB

Javirroyo

Javirroyo

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Javirroyo

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Javi Cejas

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Comuna

Este mundo está realmente hecho mierda, lo sabemos todos porque todos vamos en el mismo barco, y lo peor es que un porcentaje escandalosamente bajo de sus tripulantes hace algo por cambiar esa situación, por enderezar aunque sea un poco la joroba que amenaza con doblarnos hasta hacer que nuestra nariz se hunda en la entrepierna. Así de jodidos estamos.

Siempre he sido bonachón, aunque admito que quizá un poquillo flojo en eso de llevar a cabo acciones concretas en solitario; por eso el día que me propusieron lo de vivir en comuna me apunté. Sonaba maravilloso: trabajar todos juntos como hermanos, encontrarme a mí mismo dentro de las multitudes, en unión con el todo, aplastar el individualismo que corroe la sociedad actual… Sí, decidí que eso estaba hecho para mí: yo tenía que contribuir, ser un ciudadano útil, moderno, aportar algo al mundo y además, bueno, había porros gratis, para qué nos vamos a engañar. Y de cultivo biológico, nada de químicos invasivos.

Todo iba sobre ruedas. Al principio, como éramos tantos, los turnos para realizar las labores pendientes eran bastante esporádicos, lo suficiente como para que aquello me pareciese el paraíso. Cierto es que tenía que madrugar, pero después de ayudar en el huerto comunal, nos íbamos todos juntos, muchas veces cantando, al gran comedor donde, todos juntos, degustábamos las más suculentas recetas caseras. Después de la primera semana, confieso que comencé a extrañar algunas cosillas, como por ejemplo, un espacio propio. Sí, estaba genial esto de compartir, pero la verdad es que si una pastilla de jabón la usan veinte personas, no estoy muy seguro de que sea realmente sano. Las habitaciones compartidas al principio me parecieron originalísimas, un salón enorme lleno de literas, nunca sabías qué cama te iba a tocar, por no hablar de las mantas y sábanas, convenientemente dispuestas al lado de la puerta para que quien fuese entrando pudiese coger lo que necesitara. Supongo que a nadie le pasó por la cabeza que hay enfermedades contagiosas, por no hablar de los bichos que en el campo son los jefes del cotarro y hacen, vamos, lo que les da la gana.

Cada noche era un jolgorio, al principio había grupitos alrededor de la cama de uno o de otro, hablando sobre nuestra misión humanitaria, —todos juntos, claro—, hasta que alguien encendía un porro y apagaba la luz. Luego venían los ruiditos, pisadas furtivas, ronquidos, alguna que otra ventosidad discreta y cuchicheos hasta altas horas de la noche para dar paso, en las mañanas, a las lagañas, balbuceos incomprensibles, largas colas en el baño comunitario y el aliento matutino generalizado, capaz de hacer dormir al peor insomne. Yo nunca he sido de los que se levantan pronto, y en vista de lo concurrido prefería esperar haciéndome el dormido hasta que pudiera usar el baño con cierto grado de privacidad. Lo malo de esto eran los olores que despedían los restos humanos que heredaba de mis compañeros.

Yo habría podido con todo, a pesar de que cada semana había más desertores y los que quedábamos hacíamos turnos más largos, de manera que aquello cada día se parecía más a un infierno; pero se acabaron los porros justamente el día que cenamos frijoles de la huerta. Esa noche se volvió una verdadera pesadilla: el aire espeso y cargado era irrespirable, nadie decía nada para no implicarse, pero estaba claro que había que culpar a alguien. Yo no sabía qué era peor, si mi vientre rugiendo aguantando la tempestad adentro, o el hipócrita silencio del pedorro culpable. Algún valiente se acercó a una ventana y abrió una rendija por la que se filtraba un hilito de aire fresco que nos ayudó a sobrevivir. Pero hacía frío, el malhumor crecía en mi pecho como semilla extraterrestre a punto de eclosionar, hasta que no pude más y, después de morder la putrefacta almohada comunitaria que me había tocado esa noche, lancé un grito desesperado: ¿Quién coño se ha tirado un pedo?

En la mañana siguiente anunciaron que para la comida quedaban frijoles del día anterior y que había que lavar las mantas y sábanas a mano. Ese fue mi momento de iluminación, en ese preciso instante comprendí a esa mayoría de la humanidad que decidió un buen día tirar la toalla y no hacer nada por el resto: sálvese quien pueda, que yo me largo de aquí.

Al parecer no sirvo para estas cosas, después de todo, pensé, se nace solo y se muere igual.

Belisa Bartra

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Bárbara Alca

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Adao Iturrusgarai

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@sobresalpp# Sobres al PP

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Pau Anglada

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Xavier Águeda

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Peter Jojaio

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Tamayo

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JAB

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Peter Jojaio

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Amor flautulento

La reacción habitual de la gente era pensar que soy un cerdo. Y, bueno, reconozco que me molestaba. Primero, porque no lo soy y segundo porque es científicamente cierto la existencia de la flatofilia, esto es, “la excitación proveniente del olor de los gases intestinales propios o de la pareja”. No busquen el término en el DRAE ni en el María Moliner, la Academia ha sido siempre muy melindrosa para estas cosas. Pero si tienen a mano algún diccionario de psicología o perversiones, verán que tengo razón. Y eso es otra cosa que me fastidia, cuando no me toman por cerdo me tocan por loco, o por las dos cosas. No me preocupan los insultos porque no lo son. Me irrita la hipocresía. Todo el mundo repite eso de que la belleza está en el interior y a mí, que disfruto de la materialización de ese interior, me desprecian. En todo caso, no estoy aquí para lloriquear sino para relataros el final de mi etapa de Don Juan con una típica historia chico-conoce-chica, eso sí, con inesperados matices gaseosos.

Durante años, fui saltando felizmente de pareja en pareja. No soy especialmente atractivo pero conseguí desarrollar una serie de técnicas infalibles en el cortejo. Perdonad que nos las rebele aquí pero faltaría espacio. No quisiera añadir una nueva perversión a mi personalidad pero a la edad de 36 años había estado con 997 mujeres. Me gustaba contarlas, qué le voy a hacer. Lamentablemente no guardo recuerdos olorosos de todas ellas pero sí de la mayoría. Y quizás por eso tuve la certeza de que aquella fragancia era única, excepcional, la fragancia más subyugadora que jamás hubiera llegado a mi nariz. No tengo problema en reconocer que la erección fue inmediata. Aunque cuando se trata de amor verdadero, la excitación sexual es solo una parte. Mis pulmones se dilataron como nunca y mi cerebro se electrificó hasta provocarme escalofríos. Entonces supe que no tenía más remedio que identificar a la persona que se había tirado aquel pedo y prometerle amor eterno.

Y eso hice. Para mi fortuna, ella aceptó y no se tomó a mal mis apetitos olorosos. Un final feliz.

Federico Montalbán

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Marc Torices

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Diego Feijóo

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El porqué de las cosas

Llegué a casa de Fede, mi jefe, un poco tarde. Lo hice aposta. Llamé al timbre y Matilda, su mujer, me abrió. Durante un par de minutos, que exprimí todo lo que pude, fui el centro de aquella selecta reunión de amigos, ya que mientras el matrimonio anfitrión me iba presentando las conversaciones se interrumpieron y todas las miradas se dirigieron a mí. Satisfecho me serví una copa y deambulé por el salón dedicando sonrisas y levantando las cejas aquí y allá. Imposible hablar de música, mi sólida formación clásica no parecía casar con el mantra electrónico, como de aspiradora narcotizada, que sonaba y todos alababan con enérgicos asentimientos. Seguía llegando gente y mi presencia comenzó a diluirse, por lo que decidí refugiarme en la minúscula cocina para reconsiderar mi estrategia, ya que el baño llevaba minutos ocupado.

Detrás de mí entró una chica rubia con el pelo corto, me la habían presentado cuando llegué y ya en aquel momento me pareció notar que había llamado su atención. Vestía un ajustado pantalón negro que embutía el mejor trasero que había visto en toda mi agitada vida. Esbelta, elegante, bellísima, era la perfecta y más placentera puerta de entrada a aquel mundo. Me sonrió gentilmente y se colocó junto a mí entre la pequeña nevera y el fregadero en forma de huevo. Carraspeé y empecé  a dejar caer detalles brillantes de mi biografía, con su envoltura irónica claro, mientras indagaba en la suya sin dejar de buscar un cruce de miradas que se resistía.

De pronto noté un desagradable olor que se esparcía segundo tras segundo haciéndose inaguantable. ¿De dónde procedería esa emanación? Era un olor que se me antojaba viscoso, de una densidad que ahogaba. Creo que me ruboricé, mi cuerpo se tensó como un palo y miré los tristes azulejos que tenía enfrente, los cuales decidí acariciar en un desesperado intento de desviar su atención. Me alarmó pensar que yo fuese la fuente de ese efluvio que no hacía más que crecer. Repasé todo lo que había comido y bebido durante el día. Trate de convencerme de que, de haber sido yo, por fuerza tendría que haberlo notado. Valoré las posibilidades de culpar al desagüe. Busqué de reojo una inexistente ventana por la que hubiese podido entrar. Mis manos estaban agarrotadas, mi corazón latía fuerte, sudaba. Finalmente desapareció el olor, qué alivio, respiré hondo sin que se notara y la miré tratando de fabricar sobre la marcha algún comentario ocurrente. Ya no estaba.

Juanfran Molina

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Can Kente

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4 Comments

  1. L dice:

    ¿Qué leches le pasó esta vez al Jojaio? 😀

  2. Peter Jojaio dice:

    ¿Qué? No. Está todo bien, ¿no? ¿A que sí? \\ :^ (

  3. L dice:

    El cambio de estilo, que me desconcertó, tudo bem tudo bem.

  4. paco dice:

    jajaja el ratón tom es la polla, ha salvado la semana. Seguir así!!!!!!

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