EL ESTAFADOR #176: CAMALEONES

18/09/2013

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Javier Vázquez

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Los camaleones suelen acercarse sigilosos, disfrazados de ambiente, de fondo, de aquello que suena y está de actualidad. Entran en escena disfrazados de la misma escena, actuando siempre en una capa subcutánea desde donde analizan lo que sucede y sacan partido mientras lo que ocurre nunca les toca. Si estamos en crisis se disfrazarán de crisis y le sacarán partido. Si la cosa va boyante, irán disfrazados de oro para sacar tajada igualmente. Son banqueros, periodistas-tertulianos o empresarios de élite. Todos ellos van vadeando cualquier escenario sin aparecer como centro de atención en los medios de comunicación, sin desgastarse. Están siempre ahí. Aunque cambien los gobiernos, ellos siguen viviendo en su hábitat. Camuflados y operando al sol que más calienta. Lo peor de los camaleones que nos rodean es que cuando los ves ya se han comido la mosca. Cuidado.

Camarroyón

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Javi Cejas

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Javier Vázquez

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Bernat Solsona

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Sistema de Monos

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Decibelios también le canta a los camaleones: http://youtu.be/rrR5Z6ihC7A

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Federico Montalbán

Camaleones

La herpetóloga austriaca Hannah Reinhart y el filósofo chino Wang Yuhua consideraron que el paso lógico que les correspondía dar tras enamorarse era hacer la revolución. Y no se les ocurrió mejor cosa para llevarla a cabo que escribir un libro. Lo titularon Camaleones.

Camaleones pretendía insistir en la evidencia de la enajenación propuesta hace tanto ya por Marx. El Capital nos ha robado la esencia, el ser; como cascarones vacíos podemos adaptarnos sin mayor problema y así es como, precisamente, nos quiere el Capital: herramientas reversibles, piezas polivalentes, trabajadores flexibles. Ilustraron su libro con todo tipo de ejemplos. Desde el previsible chaquetero que cambia de partido según sople el viento favorable de los escrutinios hasta el polémico caso de la mujer ama de casa y esposa fiel durante el día y vampiresa histérica por las noches, pintada a juego con las luces de carretera. El ejemplo que más polvareda levantó, no obstante, fue el del Dinero. Sí, esa cosa muerta, inexistente en el sentido más literal del término, era el camaleón por excelencia. El Dinero podía tomar la forma que se le antojara, desde unos servicios sexuales hasta el último gadget del momento, desde unas vacaciones de lujo hasta una terapia interminable en un diván relleno con billetes de cincuenta la hora. El Dinero era la Bestia que siempre se había sabido pero una bestia pequeña, casi simpática, fluyendo entre todas nosotras a fuerza de mutaciones infinitas, de interminable intercambios.

Como era previsible, el sistema inmunológico del Capital se activó ante el peligro que encerraban las páginas de Camaleones y resolvió el problema con uno de sus remedios clásicos. Camaleones se convirtió en un best-seller, sus autores fueron cubiertos de oro y, estrellas mundiales, olvidaron el amor y la revolución. Curiosamente, el último capítulo de su libro se titulaba “El intelectual: colaboracionista travestido de insurgente”. Empezaba así: “Camuflado entre la vegetación prefabricada de los superventas, el intelectual enseña las garras… que ya no engañan a nadie pues no pasan de ser simples uñitas, recién limadas por la esteticién a sueldo del Poder”.

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Iñaki San Miguel

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Retrato torcido del camaleón

Él recuerda, tratando de amasar un alarde de ingenio, que la cola del camaleón ya parecía colgar de un sueño, de un objetivo definido, cuando sonreía quedamente y levantaba su copa, cuando se le echaba el brazo por encima y daba la impresión de estar pensando en otra cosa; o cuando ofrecía su ayuda, generalmente sin la debida insistencia. Era como si flotara en el aire, añade. Ella le reprocha, irónica, que últimamente tiene salidas demasiado poéticas, pero señala, y es un dato científico, que sí que es verdad que el camaleón nunca aparecía en el centro de las fotos, siempre a un lado, un poco distante, y se apresura a subrayar que no se quiso disfrazar de enfermera cuando todos lo hicieron en aquel carnaval. Pero se hartó de hacer fotos, añade él malicioso, entrecerrando los ojos. Ella tuerce un poco el gesto, enterrando una sonrisa franca.

Los vasos tintinean y ambos fuman, sentados frente a frente, calibrando en silencio la madurez imparable que fermenta en el rostro del otro. El volumen de la televisión está demasiado alto, como siempre, parcheando el murmullo del tiempo, y el camarero que tendría que reponer sus bebidas parece encontrarse a muchos kilómetros de su mesa, remando trabajosamente sobre un mar de cabezas.

Él entrelaza las palmas de las manos sobre su cabeza y retoma el tema animándose por momentos, rememorando las reuniones y las manifestaciones; sí, él no se lanzaba realmente, no vociferaba sin cuartel, ni daba puntada sin hilo; nunca llevaba las pancartas o banderas más estridentes, y durante mucho tiempo anduvo por la zona media, solo o acompañado de su pareja de aquella época, dejándose ver, dejándose ir. Se dedicaba a ser el consejero y a veces portavoz de los que estaban en primera línea. Sí, lo llevamos entre todos en volandas, se lamenta ella, no lo detuvieron como a ti, vuelve a reprochar cansada, con ajados ojos maternales, ni alcanzó merecida fama de excéntrico, apuntilla sardónica.

Él desaparece en el baño ayudándose de la mesa para levantarse y ella suspira, para un segundo después ponerse a pensar en el camaleón. Esos pensamientos en soledad eran un lujo, el secreto e inefable placer de relamerse en un rincón sombrío, reconstruyendo las derrotas, las ocasiones perdidas; aquel breve espacio de tiempo soleado inmediatamente anterior a la claridad desvaída. Siempre había visto al camaleón, a todos aquellos camaleones que pululaban alrededor de la vibrante actualidad, vigilándola, acechándola, como vehículos de futuro, como potenciales oportunidades de salir de allí en dirección a desconocidas posibilidades. A ella nunca la engañaron: solo ellos y su taimada mirada, los suaves cambios de color que ya ensayaban, parecían avistar un camino desbrozado, un horizonte luminoso sobre las cabezas de todos; aquellas cabecitas humeantes llenas de ilusiones y certezas trufadas de incertidumbre. Ella supo, se dijo mientras él regresaba parloteando a su asiento, que sus cerebros y emociones no quedarían chamuscados como los de tantos que se quedaron en la línea de salida tanteándose aterrorizados los bolsillos; los camaleones tocarían el cielo y, en caso de arder, arderían de una y definitiva vez.

Las palabras de él comenzaron a avanzar cuesta arriba para entrar en los oídos de ella, que ya había aterrizado sobre el panorama del resto de una caña de cerveza sin alcohol en vaso corto y un servilletero con dedos señalados. Él todavía se preguntaba cómo se las podía arreglar el camaleón para estar siempre en la retaguardia y golpear con su presencia en primera fila solo en momentos en los que nada había que perder, solo ganar. Le parecía un púgil habilísimo, un estilista sobre el cuadrilátero. Ella ríe por primera vez en todo el día, sorprendida del símil boxístico, y le pregunta si recuerda cuánto odiaban en sus tiempos ese maldito deporte, tan violento y propagandístico. Él entonces suelta a viva voz una retahíla de innecesarios datos sobre boxeadores míticos, y ella se oscurece levemente al descubrir otra mentira más, de esas que con los años van brotando por los rincones del hogar común como regalos temidos e inevitables.

Ella retoma su habitual suspiro y se dirige a la barra a pagar, está segura de que el camarero quedará para siempre atrapado en el lado opuesto del bar. Aún se mueve con la ligereza de una pluma, piensa él, enterrando el piropo mientras juega con las llaves y se recuesta en su pensamiento. Se abraza a aquel camaleón baqueteado por la vida pero aún firme. La clave de todo su andamiaje consiste en que nadie lo descubra, elucubra. Mantener el barco a flote y la velocidad de crucero, con la sonrisa ingenua y el gesto sorprendido de siempre ante las incongruencias y contradicciones que la vida va colocando a su paso. Continuar pareciendo aguerrido ante las injusticias sin demasiada hostilidad, siendo afable y cálido en el trato, chispeante y espontáneo en las respuestas. Conservar la emotividad en el gesto, tratándose de un ser cada vez más frío. Seguir estando rodeado de culpables y solo él reconocer y salvar a los inocentes.

Se levantó algo mareado y se acercó a la barra para ocupar un lugar junto a ella. Los dos miraron en dirección a la televisión para ver al camaleón recibir otra salva de aplausos.

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Javier Vázquez

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2 Comments

  1. nickenino dice:

    Muy relaxing esta lectura. A ver si en la plaza Mayor hay WIFI y puedo leerlo con un white coffee.

  2. nickenino dice:

    Que tarde es. Me voy a mover el bigote (de mi marido y dueño y señor)

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