EL ESTAFADOR #180: EXCUSAS

16/10/2013

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La excusa es el sacacorchos de la estafa…. Y hoy la verdad es que no voy a poder escribir nada más en la Editostafa, porque me tengo que ir pitando…. Bueno, nos leemos… Hasta luego.

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Iñaki San Miguel

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Javi Cejas

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Xavier Águedaicon vacio EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon facebook estafa EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon vacio1 EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon twitter estafa EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANA

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Javier Vázquez 

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Pedro Strukeljicon vacio EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon facebook estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICA

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Bernat Solsona

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Carmen José  

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Iñaki San Miguel

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Federico Montalbán

Desde lo que le sucedió a su padre, Víctor sabía que algo no andaba bien o, al contrario, algo andaba demasiado bien (véase El Estafador #114). Nadie le explicó qué le había sucedido a su padre pero estaba claro que había sido horrible y que tanto él, Víctor, como sus dibujos habían tenido algo que ver. Víctor había decidido dejar de dibujar y en el colegio todo el mundo estuvo conforme, de hecho, tanto la seño como la psicóloga suspiraron de alivio. Precisamente ella era la que había dicho aquello de “es incapaz de distinguir entre ficción y realidad” y también lo de “influir” en la realidad. La palabra “influir” le pareció profundamente misteriosa, sobre todo por la sílaba “flu”, parecida a gripe en inglés, mocos y estornudos, a líquidos que avanzan sorteando obstáculos, ríos salvajes como en las películas del oeste, cataratas… De la boca de la psicóloga empezó a manar un torrente de letras líquidas, de fonemas estrepitosos, de mocos ortográficos y rociones gramaticales. Por suerte, Víctor pudo escabullirse sin que lo vieran. Nadie le hizo responsable de nada pero las miradas de miedo se hicieron habituales. La gente daba un paso atrás al verlo.

Había perdido el fin de semana entero jugando a un vídeojuego de lo más insípido. Se lo pasaba entero, borraba el perfil y volvía a empezar. Su madre lo miraba en silencio, incapaz de llamarlo al orden, de obligarle a hacer deberes o irse temprano a la cama. Quizás temía terminar como su marido, monstruo tiroteado. Víctor querría decir que quizás fuera el culpable pero no el responsable, quería a su padre y nunca deseó que le pasara nada malo. En todo caso, el lunes se presentó en clase con los deberes sin hacer. Cuando la seño le pidió explicaciones, dijo que el perro se los había comido. A su madre le dio un pasmo cuando vio aparecer por la cocina un chucho que andaba como Pedro por su casa. El perro se paró en seco, tosió y unos trocitos de papel mezclados con babas saltaron de su boca.

Cuando Víctor llegó a casa, su madre no le dijo nada, aceptando la presencia del perro como quien acepta la tormenta o el terremoto. Víctor, sin embargo, entendió lo que estaba pasando. Influir, lo había dicho la psicóloga. Sería divertido, pensó, excusarse la siguiente vez que le preguntaran por los deberes diciendo que una invasión alienígena había irrumpido en su barrio justo cuando se disponía a hacer los problemas de matemáticas. Iba a ser la risa.

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Javier Vázquez 

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Juanfran Molinaicon facebook estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon vacio1 EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon twitter estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICA

Excusas, última planta

Cuando entré a formar parte de un gabinete de prensa tan concurrido, imaginaba que me pasaría los días leyendo periódicos, mirando la televisión, escuchando la radio y preparando resúmenes en uno de aquellos despachitos escondidos de la primera planta. Y así fue. Leía, subrayaba, resumía. Dedicaba todas las mañanas a perseguir y recortar artículos envenenados, informaciones, rumores lanzados como noticias, o acontecimientos que rozaran nuestra nave por algún flanco. Era una labor mayormente administrativa, pesada y casi funcionarial, algo así como buscar el grano gordo entre la paja. Sólo lo que estuviese muy claro, no me estaba permitido interpretar. Otros más talentosos o de  instancias superiores, se dedicaban a filtrar, descontextualizar, desviar, ocultar y otras labores de mayor complejidad. “Todos somos un equipo”, me dijo una mañana una mujer a la que no volví a ver. Tomé un sorbo de mi café y asentí con la cabeza.

Nuestro barco avanzaba firme, y la política de prensa era cada vez más importante. Una labor callada, constante, a la que yo me entregaba con toda la precisión que podía, tratando denodadamente de ascender en mi oscuro departamento, dentro de aquel edificio amarillento de hormiguitas hacendosas. La impopularidad que acarreaban los problemas y las decisiones era repelida, las encuestas desfavorables doblegadas. Gracias a nuestra actuación, nos deslizábamos sobre la situación general casi sin rozarla, nada nos mellaba, navegábamos a velocidad de crucero. Poco después me incorporé, en la segunda planta, al equipo de Pasado, como lo llamábamos en nuestra jerga, una mejora por fin. Revisaba declaraciones, entrevistas, noticias, cualquier acontecimiento pasado susceptible de ser sacado casualmente a la luz, tanto para ser lanzado como para utilizarlo como escudo. Pero, bueno, siempre me dejaban claro que me dejase de sutilidades, que no era lo mío, que sólo buscase lo estridente. Otros departamentos se encargaban de hilar, de sacarle punta a todo, de manipular, de dosificar los datos o de “hacer la verdad más habitable”, como decía un jefe muy raro que tuvimos que no parecía sentirse muy feliz entre nosotros.

Nuestro barco avanzaba firme y la política de prensa era ya sin duda el mascarón de proa. Poco después internet se convirtió en una herramienta de uso cotidiano, y las redes sociales se extendieron hasta alterar sustancialmente nuestras costumbres. Todo parecía estar al alcance, pero no, claro. Aún así, a mí me seguían cayendo a veces pesados trabajos de campo, como investigar el tipo de personas que compraba según qué prensa en el quiosco, aunque a esas alturas ya todos sabíamos que el meollo estaba en la red, y, claro, indagar allí correspondía a otro tipo de personal. Me hubiese gustado también ser un infiltrado virtual o real, pero por alguna razón no me vieron cualidades para ello. De todas formas en voluntad y ganas de progresar no me ganaba nadie. Aportaba ideas aquí y allá, algunas tan ladinas que mi superior comenzó a tenerme cierta consideración.

Algunos años después, nuestro barco más que avanzar se mantenía, las cosas no estaban tan claras como en los buenos tiempos, y la política de prensa en aquel momento era, lisa y llanamente, lo único realmente importante. Ascendí en el departamento de Pasado, gracias a algunos pasos en falso que advertí con agudeza y, sobre todo, a otros que no eran tales pero que yo descubrí como fácilmente tergiversables. Esa palabra, tergiversar, que me hace temblar, me estaba poniendo en mi sitio dentro de la organización. Así iban las cosas, mejorando día a día, hasta que una mañana, nada menos que el Director General, me propuso dirigir mi propio departamento en la última planta: Excusas. Acepté de inmediato y me rodeé de un equipo de personajes tan imaginativos y mentirosos como yo. “Todos viajamos en el mismo barco”, les advertí paternal junto a la máquina de café. Y manos a la obra. Nuestra misión no era lo simple que puede parecer a priori: inventar excusas. Ya que había que hacerlo sobre actuaciones, declaraciones o decisiones que aún no se habían producido. Se trataba de una acción preventiva. Tener un variopinto y elástico almacén de excusas capaz de sacarnos de cualquier embrollo en un máximo de 24 horas.

Mi equipo trabajaba con denuedo, codo con codo, cabeza con cabeza; hasta que nuestras imaginaciones se fundieron en un mismo y alborotado río. Hemos colocado frases en miles de declaraciones de prensa, y muchas de ellas han ayudado a alterar el curso de los acontecimientos, de la historia. Vuelvo a temblar: “necesidad perentoria”, “cuestión de estado”, “herencia recibida”, “altura de miras”, “exigencia de un mayor consenso”, “ataque deliberado al sistema democrático”, “juicio político”, “miren si no a los países de nuestro entorno”, “esto en Europa sería inimaginable”, y un largo etcétera. En esa época se produjo mi explosión y, amigos, tened claro que si no fuese por mi elevado sentido de la lealtad, ya hace tiempo que me dedicaría al asesoramiento privado y habríais visto mi foto en algún dominical, apoyado en la mesa de un despacho iluminado como Dios manda, con los brazos cruzados y una elegante camisa blanca hecha a medida. Y es que lo nuestro es algo que será convenientemente estudiado en el futuro. En amarillentos despachos de muchos países ya me lo han dicho: nadie, nadie, se excusa como vosotros.

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Miguel Bustosicon vacio EL ESTAFADOR #157: ESPIONAJEicon facebook estafa EL ESTAFADOR #157: ESPIONAJE 

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4 Comments

  1. Lorena dice:

    onCe

  2. Esther dice:

    Soy Sega. ¿Lo hacéis en braille?

  3. Esther dice:

    ¿Ciega? Ciegaga? Secaga?

  4. […] … visto en EL ESTAFADOR #180: EXCUSAS […]

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