EL ESTAFADOR #181: BENEFICIOS

23/10/2013

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La crisis ha sido ante todo una herramienta. La herramienta para corregir algunos errores de cálculo financieros. Había que purgar a una clase media que se empezaba a hacer demasiado grande y contaba con demasiadas comodidades. Con un estado de bienestar y una Sanidad y Educación públicas universales e inaceptables a los ojos del Gran Hermano capitalista. Unos sistemas que había que privatizar y vender. Una clase media a la que había que despojarle de sus eventuales privilegios. Era el momento de dar el palo, vamos. Y así ha sido. Y está dando ya sus resultados. Hay beneficios para los que provocaron la crisis y maleficios para el pueblo.

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Imaginación

No tengo novio, pero tengo un gato imaginario. Alguna gente no lo entiende, supongo que por desconocimiento de los beneficios que implica esta situación que, francamente, a mí me parece la mar de cómoda: me llama cuando yo tengo ganas de verlo, no cuando le da la gana a él. Su independencia no afecta a la mía dado que yo tomo mis decisiones por un lado y más tarde llega él con las suyas que, por descontado, encajan con las mías.

Puedo regalarle todos los arrumacos que me apetezcan sin que arrugue el gesto y huya arisco. En cambio, sonríe complacido bajo su bigote imaginario y, erizado de placer, recibe mis caricias y halagos. No he de reparar el resultado de sus desaguisadas aventuras puesto que en mi mente lo dibujé perfecto y sin aristas. Sé también que no se irá con la primera gata que se le cruce en el camino pues sus ojos, aunque vuelan alto, siempre aterrizan en los míos.

Así, sólo resta explicar que jamás deja un rastro de pelos tras de sí ni deshilacha los muebles afilando sus armas: es simplemente perfecto. Por eso no tengo novio, pero tengo un gato imaginario.

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Javi Cejas

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Federico Montalbán

Algunos libros son de ámbar. En su interior guardan la idea o la historia que el autor quiere mostrar pero, claro, la ofrecen inmóvil, muerta, dócil. Son la mayoría, para qué engañarnos. Otros, sin embargo, tienen el filo de un cuchillo mellado, de una maquinilla de afeitar oxidada. Si te cortan, nunca dejarás de sangrar y la infección correrá arriba y abajo por tu cuerpo. Son virus de tinta pero como la ciencia avanza que es una barbaridad, han sido convenientemente atenuados. Aquellas obras destinadas a enfermarnos de duda y de revolución, solo sirven ya para vacunarnos contra la verdad y la rabia justa. Así, Marx ha sido reducido a un capítulo insípido del temario del bachillerato y Debord es poco menos que un borracho bohemio y protestón del que solo parecen acordarse los pensadores conservadores y envidiosos. Sin embargo, tanto uno como otro quisieron descubrirnos la siguiente evidencia: la Mercancía es nuestra Dueña y Señora, desde hace décadas, sin piedad, sin límites.

El Capitalismo puso en marcha los procesos de acumulación y de enajenación y estos procesos encumbraron a la Mercancía a lo más alto de la cadena trófica. Tan alto la subieron que acabó por adquirir vida propia. No hay peligro de adentrarse en terrenos fantasmagóricos. Es solo una metáfora: la Mercancía y sus normas capitalistas no van andando por la calle y nos devoran literalmente. Pero las ansias de poder y riqueza que algunos depositaron en ella, se hicieron tan poderosas que se separaron de sus creadores y empezaron a funcionar por su cuenta y riesgo. El automatismo de la Mercancía dicta nuestra forma de vida. Las normas del mercado son las únicas que imperan. Más beneficio, a toda costa, cueste lo que cueste. Si detrás quedan miles de cadáveres humanos y una gran roca muerta dando vueltas en el espacio, es lo de menos.

Una aclaración final. Los poderosos, los que se creen amos, son, en realidad, servidores de la Mercancía. Funcionarios del mercado. Pero esto no los hace menos culpables. Solo los dispone en una situación aún más repugnante pues han quedado reducidos a la  simple y despreciable condición de capataces.

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Juanfran Molinaicon facebook estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon vacio1 EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon twitter estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICA

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Cuando Y se enteró del proyecto de X no daba crédito. Asomado a su balcón, con las manos fuertemente agarradas a la baranda, se dispuso a confirmar incrédulo lo que su mujer le había cotilleado por teléfono mientras trabajaba. La casita vieja de enfrente, la que tenía el patio interior grande con árboles, la que llevaba tantos años abandonada, la de la señora aquella cuyo hijo menor trabajaba en un puesto similar al suyo, estaba siendo demolida. La máquina entraba y salía entre una densa nube de polvo marrón; golpeando, rompiendo, recogiendo, cargando el escombro en camiones. Los operarios colocaban balizas, acordonaban el perímetro. Y estaba tenso,  presa de una indignación salvaje y secreta, de esas que no dejan de implosionar. Imprimía tal fuerza a la baranda que sus manos palidecían antes de agarrotarse, doloridas. Pasó al saloncito y se sentó suspirando, su esposa pasó veloz a su lado y le recordó que se cortara las uñas.

Y se sintió a partir de entonces como si se hubiera tragado un yunque. El estómago le pesaba, le ardía. Todas las mañanas, al colgar su rebeca azul en la percha de su lugar de trabajo se notaba abatido, como cargando con una extraña sensación de pena que lentificaba sus movimientos. Había desaparecido la ilusión de salir pronto del trabajo, de llegar a buena hora a almorzar, de evitar el atasco. Y llevaba ya tiempo volviendo a casa caminando pensativo. Al introducir la llave en la puerta de su portal advertía la presencia babilónica del emergente edificio blanco, brillante, lechoso, inmaculado, moderno, arquitectónicamente austero, esencial, “heredero del funcionalismo”, como le había dicho el bocazas de su promotor, a quien desde aquel día evitó a toda costa.

Una vez en su casa, se repetía el mismo proceso de todos los días. Entraba silencioso, saludando sin excesivo entusiasmo; comido por la ansiedad, mostrando una indiferencia absoluta para con el edificio que le miraba tan fijamente. Se sentaba a la mesa dándole la espalda, en el lugar opuesto al que había ocupado los nueve años anteriores. Pero aún así sentía la mirada clavada en su nuca. Poco a poco se iba inflando. Lo veía venir y respiraba, tomando aire de otras conversaciones sin duda más importantes y provechosas, pero no lo conseguía. Una vez hinchado, a punto de reventar, necesitaba desahogarse, por lo que soltaba, con esforzado disimulo, la perorata de siempre. Que si las ventanas del bloque de X eran muy estrechas, que si habría que ver los permisos, que si la cosa tenía toda la pinta de ser el típico caso de corrupción de guante blanco, que si se trataba de una casa de muñecas, que si un pívot de baloncesto se compra un apartamento tendría que hacer lo propio con el de al lado para que le cupiera la otra pierna, etc. La familia asentía y reía sus ocurrencias, y él descansaba por fin.

La construcción del pequeño edificio que X se arriesgó a erigir en la antigua casa de sus padres se encontraba en su tramo final en los albores de la crisis. Como fuera que desde los medios gubernamentales la existencia de ésta era negada por activa y por pasiva, y los del banco lo tranquilizaban todas las mañanas, decidió continuar. Una vez terminado la cosa no fue mal del todo, los pisitos se fueron vendiendo, también los trasteros de la planta baja, incluso el coqueto bajo comercial que se ofrecía. X se mudó a uno de los pequeños apartamentos, y al final sólo le quedaba uno por vender que, ya con las crisis desenvolviéndose en todo su esplendor, quedó encallado con el cartel de “Se vende, único apartamento disponible”.

X alcanzó a pagar todos los gastos relativos a la construcción, permisos, e impuestos diversos. Según sus cuentas, más o menos, la venta del apartamento restante supondría su beneficio en la operación, descontando el que ya habitaba. La agente inmobiliaria aparecía de tarde en tarde con algún interesado, pero la cosa no marchaba. Todo había caído en un silencio pesado, en un murmullo lóbrego, en un gris paralizante que atenazaba las gargantas. Algunas personas le preguntaban directamente por el precio, pero en las breves conversaciones siempre emergía rutilante la palabra crisis.

Y había cambiado físicamente durante ese año de dolor. Para soltar lastre le había dado por salir a correr por las noches, actividad que le había llevado a perder mucho peso, quedando reducido su habitual rostro blanquecino de eterno bebé mofletudo a algo entre anguloso y enjuto. Su calvicie galopaba, por lo que, con el consentimiento de su señora, decidió afeitarse la cabeza. Refugiado en la esquina de su balcón, con las manos soldadas a la baranda, ahora miraba con delectación todas las tardes el edificio de enfrente. Ya no le aguantaba la mirada, ni se atrevía a clavarle los ojos cuando comía o veía la televisión. Su sombra ya no era esa alargada silueta que se agitaba fantasmagórica en el techo de su habitación mientras trataba de dormir. Ahora era otro triste edificio blanco que amarilleaba con un patético cartel de “se vende” colgando de alguna parte. Una “colmenita funcional”, como él lo llamaba, buscando y encontrando las risas de aprobación de familiares y compañeros de trabajo, que no había conseguido cumplir las ambiciosas expectativas de su dueño, alguien a todas luces temerario, inexperto en ese tipo de negocios, qué duda cabe.

X había bajado en dos ocasiones el precio del apartamento libre. La agencia inmobiliaria le había sugerido, y algunos posibles compradores exigido, ese gesto como la opción más sensata, teniendo en cuenta que la crisis ahondaba, el paro se incrementaba de manera espectacular y el consumo no levantaba cabeza. Sin embargo, tras esos dos ajustes, los interesados seguían sacando en sus encuentros con él a pasear la palabra crisis, ya convertida en religión, y pasaban a enumerar la cantidad de pisos más grandes que el suyo que se podían encontrar por la ciudad a un precio más económico, dónde va a parar, tenlo en cuenta.

Y había investigado. Había preguntado, calculado, olisqueado en internet hasta que una mañana sus piernas temblaron de emoción ante su descubrimiento. Parecía que se iba a producir una erupción debajo de su silla giratoria. Salió del trabajo con la rebequita azul a medio colocar y volvió a casa notando cómo el corazón golpeaba fuerte contra su pecho. Los latidos le ahogaban. Se sentía rejuvenecer. Tenía ganas de gritar. Aparcó y subió de dos en dos los escalones. Irrumpió en el saloncito y lo soltó sin tiempo para disimular: “He calculado que el precio que X consiga por el apartamento será más o menos su beneficio”. Desde entonces, paciente y satisfecho, cada pocos meses cruza la calle y se acerca, sonriendo y frotándose levemente las manos, a preguntarle a X por el precio; ofreciéndole en cada ocasión una cantidad que lentamente va decreciendo, y sacando siempre en trágica procesión la palabra crisis.

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One Comment

  1. J.Diaz dice:

    Desgraciadamente. El sintoma mas claro de lo mal que esta la cosa es cuando lo unico que se le ocurre a los humoristas son comentarios que te dejan la sonrisa de una calavera.
    Leer un “chiste” y sentirse triste es muy malo.

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