Con el país vendido y la selección jugándosela en Polonia (en una Eurocopa que es como un bálsamo para borregos) se nos ha ocurrido poner como título a nuestro Estafador de hoy «ESPAÑA-GRECIA». Un partido de fútbol que se juega en la misma liga de los perdedores del euro (que no es lo mismo que Europa), con un equipo (el griego) que nos lleva varios puntos de ventaja, porque llevan más tiempo jugando. Un equipo al que seguimos los pasos uno a uno hacia un gran agujero sin fondo, una portería sin red. Políticos aquí y allá que nos han llevado a una situación de fascismo económico por el cual todos los españoles y griegos somos esclavos de los mercados y las potencias del norte. Ellos (los políticos) cedieron la política a los señores del dinero: La bolsa, la prima de riesgo, el diferencial con el bono alemán, las agencias de ratio, el déficit, los recortes, la deuda contraída, los bancos, todos ellos de un lado del campo… Y al otro lado los ciudadanos expuestos a las inclemencias del tiempo. Jugamos fuera y sin jugadores. Nadie nos representa. Y además los mercados hace tiempo que compraron al árbitro. Perderemos la liga, la Eurocopa y a este paso, el Mundial.
Javirroyo

Angela Merkel
Angela Merkel. Angela Merkel en la ópera con un escote tremendo. La cultura popular es basura pero Teta que mano no cubre, más que teta es ubre. Ubre. Vaca. De vaca se disfrazó Pasifae para tirarse al toro blanco que Poseidón hizo salir de los mares. Así nació el Minotauro. Una quimera. Pasifae era nuera de Zeus, dios de dioses griegos. Zeus era muy de zumbarse todo lo que se meneara. A veces se disfrazaba para conseguirlo. ¿De qué se disfrazaría para beneficiarse a Rajoy? ¿De caballito trotón? Seamos serios. Una cosa es la Mitología griega y otra que alguien en su sano juicio quiera estar si quiera cerca de Rajoy. Rajoy más lo que fuera sería una combinación intolerable para el futuro de la humanidad. Y eso que estamos aguantando carros y carretas. Zeus se disfrazó de Ángela Merkel, se folló a un griego, o sea, a sí mismo, en una especie de violación masturbatoria, y nació un nazi gilipollas, perdón por la redundancia. Zeus se disfrazó de banquero, se tiró a un político y de lo impeorable nació algo peor: las cajas (de Pandora) de ahorros. Zeus vio amenazado su reino por los gigantes. Egeón y Briareo con cincuenta cabezas y cien brazos cada uno. Y Encélado. Y Giges. Zeus vistió a su hijo Heracles de antidisturbio y ordenó que desalojara por la fuerza a los gigantes. Heracles, mitad dios, mitad humano, todo gilipollas. En Grecia no hay gigantes. En España tampoco. Piel de toro manso.
A ver, si es que es bien fácil.
Como el broker británico que salió diciendo que soñaba todas las noches con una recesión como ésta, hay gente que tiene mucho interés en que el euro se vaya a la mierda, y ganaría muuuuucho dinero. Los mercados, una vez que lo de Grecia no ha sido tan catastrófico, ahora siguen el Plan B, y van a por el eslabón más débil: nuestra querida patria de mierda, nuestro país afroeuropeo, nuestro ñordo nacional.
Avanzamos hacia el desastre, ya lo dijimos en nuestro Concierto de reflexión. ¿Oís los pasos en la escalera?
EUROCOPA NIGHTMARE
Segundos antes de que comenzase el partido estábamos entre el público, expectantes, respirando un ambiente sombrío, como de ceniza. Pero cuando el árbitro pitó el inicio corríamos por el césped en pos de un balón huidizo cuyo control se nos negaba. El equipo contrario nos marcaba con asiduidad y orden, y celebraba sus goles con medias sonrisas, carraspeos y apretones de manos. El terreno estaba embarrado, como hundido, y casi no podíamos avanzar; los rivales, con sus férreos marcajes, nos tiraban al suelo y si nos quejábamos al árbitro, éste nos echaba agriamente en cara nuestro comportamiento de antaño. Expiando nuestros pecados bajo una lluvia ahora pegajosa, mientras nos reprochábamos violentamente los unos a los otros, veíamos estrecharse la portería conforme nos acercábamos al área contraria, tanto que ante el lanzamiento de una falta, una barrera formada por decenas de defensores con el mismo rostro nos impedía siquiera intuirla. Ante la posibilidad de un córner, volvimos a ser público que sacando fuerzas de flaqueza animaba a su equipo ante el impertérrito desdén de un graderío granítico. Después, al ir a sacarlo, noté que la línea de fondo se alargaba mecánicamente, alejándome de la portería. Abrí los brazos desesperado ante el árbitro, y éste me dijo algo de medidas relativas, tanto para las porterías como para el terreno de juego; habló de una reunión, de un nuevo reglamento; se burló de mi desconocimiento y me sacó tarjeta amarilla por perder tiempo, aunque íbamos perdiendo. En un partido llamado a durar años que ni jugadores ni público teníamos posibilidad de abandonar.






































