La realidad en sí es una estafa. Porque no hay una realidad sino millones de ellas. Es más, hablar de la realidad es tan falso y tan abstracto que dan ganas de no hablar de ella. De obviarla. De dejarla en el mundo de las ideas o de los sueños, que es donde debería haberse quedado. Por eso, por su naturaleza falsa e hipócrita, en este número te damos un menú de realidad o realidades, como las que te vas a comer a partir de mañana, de pasado, del otro… Que aproveche.
Javirreal
El sombrero
—Mamá —dijo la niña entregándole un sombrero—, Rafito se quedó adentro.
—¿Cómo que adentro? —preguntó la madre cogiendo el hongo de su marido. Su hija perdía juguetes constantemente. Introdujo la mano buscando el muñeco: —Mira, ¿ves? Aquí no está, cariño —pero sus dedos no tocaron fondo.
—Caray —exclamó sorprendida—, no parecía tan grande desde afuera.
Cuando el ala del sombrero ya rozaba su codo, aún no había encontrado el final. Avanzando, tanteó hacia los lados pero tampoco lo consiguió. «Lo que pasa es que está muy oscuro adentro», se dijo.
—Hija, enciende la luz —la niña lo hizo, entonces la madre asomó el rostro en donde se perdía su brazo. Decidió meter la cabeza a ver si llegaba a algún lado. La luz parecía insuficiente, así que introdujo el cuello con cuidado; luego, lentamente, el otro brazo. «Pues sí que es para todas las tallas», pensó, «será de un material elástico». Esperó un minuto mientras se acostumbraba a la oscuridad. Afuera sólo quedaba medio cuerpo, a esas alturas le pareció una necedad no entrar de lleno en el asunto así que, empujándose con las piernas, se lanzó al abismo. Descubrió un agujero al fondo del sombrero, «vaya, tendré que remendarlo», se dijo. Se deslizó por el borde del agujero, pero un pie se quedó atorado. Con una patada suave logró desprenderse y el juguete, con ella, salió disparado.
La mujer devolvió el muñeco a su hija. Con el sombrero en la mano se fue a buscar su costurero.
De cuento
—¿Cómo que se te olvidó depilarte?
—Chica, sí, ¿y ahora qué?
—¿Una hojilla desechable?
—Es que estamos en el restaurante… y este va buscando rollo, ¿eh?
—Ya, ¿qué esperabas?
—No sé, pero ¿qué hago?
—Pues como no te compres una hojilla en la tienda de alguna gasolinera, me parece que vas a tener que apagar la luz y hacer la vista gorda.
—Con esta pelambre no creo que pueda hacer la vista gorda ni ciego.
—No pensarás perder esta oportunidad por unos pelillos de más, digo yo…
—Pero es que no son unos pelitos de más, tía… Si es que parece una selva, y no hablo sólo de las piernas.
—Buf…
—¿Qué hago?
—Dile que hoy no puede ser.
—Jo, se pensará que soy una estrecha.
—Pues, mejor que ser la mujer barbuda.
—¿Y si no me llama más?
—Tampoco te llamará si se pierde en el bosque.
—¿Seré como la bruja de la casita de caramelo?
—Tía, que a lo mejor él no es tan estrecho como tú.
—Venga ya, los hombres son así.
—Además, el escenario tiene su «qué».
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, ya tienes el bosque y no hay abuelas de por medio: dile que tú eres Caperucita y listo, si él tiene el filo a punto, que use el hacha.
Realidad
Inicio la escritura de esta columna de opinión, que hace años traslado puntualmente a mis lectores desde mi sagrada libertad de expresión, contento de estar frente a mi ordenador (aún) en pleno uso de mis facultades mentales. Saludo a la pantalla, fumo tabaco de verdad porque me da la gana y el humo me inspira, compruebo que mis cosas están a la mano, enciendo mi lámpara y me pongo manos a la obra. Hasta el momento, todavía puedo contar hasta diez y no he notado ninguna amenaza imperialista en el ambiente. En mi paseo matutino no he observado que nadie me siguiera ni he visto nada sospechoso; tampoco en la cafetería o en el estanco. Por eso, no puedo salir de mi asombro ante la actitud de algunos tipejos y tipejas, tan infantiloides como malintencionados, que llevan más de un mes tratando de asustarnos a mí y al resto del mundo. Pero en mi caso no lo han conseguido, os lo aseguro, queridos lectores. Sigo aquí, podéis contar conmigo.
Todas esas patrañas, que no hacen más que despistarnos de lo verdaderamente importante, no merecen una sola línea, pero me creo en el deber de manifestar la estupefacción que me producen las cosas que leo por ahí, sobre todo en blogs y periódicos digitales. Todos esos bulos y rumores que incendian las redes sociales, esas a las que tienen un acceso tan directo nuestros hijos.
He llegado a la siguiente conclusión, querido lector, que cada mañana metes el hombro para el crecimiento de este país, levantando el cierre de tu negocio: las sociedades han alcanzado un punto de delirio tal que no parece tener vuelta atrás, hemos pasado de una cierta desconfianza lógica en las instituciones a envolvernos en una suerte de utopía orwelliana que no nos hace ningún bien. El nihilismo nos asola, cuando lo que debemos tener muy claro es que las sociedades las construyen los ciudadanos desde la libertad económica y social y que la nuestra será lo que decidamos nosotros, solo nosotros. Cada persona es dueña y única responsable de su futuro, no lo olviden. Así que, entre todos, debemos dejar de lamentarnos y hacer sentir la suma de nuestras fuerzas, transmitir a quien sea ese enemigo misterioso, que estamos sujetando fuerte las riendas de nuestro porvenir.
Desgraciadamente, tendemos a abrazar la demagogia, y a elegir el camino fácil de la crítica más destructiva, y esto, en el fondo, esconde una actitud totalitaria, capaz de menoscabar la libertad individual.
Realmente, lector cómplice, me subleva lo ilusa que es la gente, esa tendencia creciente a evadirse de la realidad. La juventud cada vez es más ingenua, más dócil, aunque pueda parecer a simple vista lo contrario. Finalmente, ellos mismos se ponen la trampa, pintando un mundo tan oscuro que les empuja sin más remedio a la inacción.
La última teoría (no puedo reprimir una sonrisa compasiva), el último delirio fantasmagórico, me parece hilarante, dentro de la peligrosidad que su mensaje conlleva. Se ha extendido o “filtrado”, a nivel mundial, desde no sé qué plataforma, la especie de que algunos gobiernos o “alguien poderoso” planean “intervenir nuestras mentes”, provocar un vacío para detenernos en seco y posteriormente reiniciarnos, haciéndonos perder una parte previamente seleccionada de nuestra memoria, aniquilando así nuestra sagrada e intransferible capacidad de comunicar pensamientos y opiniones libres para así poder mani
Hmérides, por Héctor Morejón













































