LA ESPITA DE GAS: Capas (de maquillaje)

02/07/2014

Más que un rostro, una máscara. Una máscara capaz de quedarse impasible ante todo; un rostro sin vida, como si perteneciera a un cadáver del depósito.

Raymond Chandler, La ventana alta

Te despiertas sin maquillar. Te miras al espejo y ves un cara horrible. Pero eso es porque no puedes ver más allá. Siempre hay belleza en una cara desnuda, sincera, por terrible que sea su expresión. Podrías ver incluso la belleza de lo que será, los rostros múltiples que, a pesar de todo, conserva el devenir. Pero estás demasiado jodido para ver más allá del reflejo de una cara que ya no puede más. El rostro de la derrota y del cansancio infinito. Sacas fuerzas de flaqueza y te pones tu capa de maquillaje. Te ha quedado perfecta, eres la viva imagen del mejor padre del mundo. Los despiertas, los vistes, les preparas el desayuno, les lavas la cara, les echas colonia y les peinas. Camino del cole, repasas la lección con el mayor. Los hijos son la sal de la vida, pero, maldita sea, debajo del maquillaje te sientes la víctima de dos vampiros. Como la capa de maquillaje del mejor padre del mundo incluye deberes extra, saludas a la gente en el cole, hablas de los problemas del patio de infantil, de lo mal que está que ya no se celebre el Día del Padre ni de la Madre. A veces, hasta te vas a tomar café con algunas madres. Vuelves a casa y añades una nueva capa de maquillaje: amo de casa. Ya has hecho la compra, haces las camas y te pasas más de medio hora recogiendo y ordenando. Barres el suelo pero la pereza te puede y lo dejas sin fregar. Recoges un lavavajillas. Pones una lavadora. Haces de comer. Te tomas algún que otro respiro para fumar. Fumar puede matar, advierte el letrero en el paquete de tabaco. Ay, suspiras. Recoges a los niños del cole no sin antes retocarte un poco las mejillas y la raya del ojo. Te peleas para que coman. Recoges la mesa. Te vuelves a pelear, esta vez para que se laven los dientes. Les pones la tele y vuelves al baño. Hay que añadir una capa nueva de maquillaje: el del mejor educador social del mundo. Conduces 20 minutos hasta el barrio miserable en el que trabajas. Miserias que, todos te lo dicen, debes dejar en el trabajo cuando sales de él. Odio conducir, te dices una docena de veces en los susodichos veinte kilómetros. Recibes los abrazos de los niños, mezclados con algún insulto. Una niña con piojos te pide que la tomes. Tú lo haces y unes tu pelo con el suyo sin problemas. Tu maquillaje es el mejor. Te maldices por haberles tomado cariño porque sabes que tarde o temprano te echarán, o te irás. Aguantas insultos y algún que otro empujón. Te peleas para que hagan los deberes. Pierdes mil a cero. Te dices una docena de veces, o dos, que los deberes son una peste y que no tendrías que dedicarte a eso. Te enfrentas al resto de las mil y una mierdas que tiene cualquier trabajo. Se te corre el rimel. Vuelves a casa. Con lo que te queda de maquillaje de padre, les acabas de dar la cena, te peleas, y van varias, para que se laven los dientes y se pongan el pijama. Los acuestas. Les lees un cuento y charláis sobre cómo ha ido el día. Algo debajo del maquillaje se sacude. Algo bueno. Una hora después, les ruegas de rodillas que dejen de pelearse y se duerman. O pierdes los nervios y chillas como un energúmeno. Se hace tan tarde que no te quedan fuerzas para desmaquillarte y dedicarte al amor. A ella le pasa lo mismo. Debéis sacar tiempo para vosotros dos, os dicen, cuando lo que ansiáis es ser dueños de todo vuestro tiempo. Pero, de vez en cuando, te juntas con las amigas. Vas sin maquillar y tu expresión es de felicidad. Os ponéis las capuchas y subís los cuellos de cisne de los jerseys. Alguno usa pasamontañas. Y salís a hacer el mal. Porque, cuando la moral es la del poder imperante, hacer el mal es lo bueno. El delincuente es el hombre y la mujer del futuro. Socialismo y barbarie.

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