El culpable

20/05/2021

Me pregunta su señoría que cómo fui capaz de degollar a 183 personas de la localidad de Sansúa, niños y mujeres incluidos. Le contestaré que a quien cuesta realmente matar es al primero. Una vez estamos del lado de los que matan, el resto no es más que una cuestión aritmética.

Mi abuelo, que había participado en la Gran Guerra, sigue viendo cómo pequeños soldados salen de debajo de su cama para asaltarlo, atarlo y someterlo a las peores atrocidades. Pero es que mi abuelo perdió la guerra y ve la realidad desde su  posición de víctima.

Nosotros, y en gran parte gracias a profesionales como yo (que su señoría perdone esta muestra de inmodestia), la hemos ganado. Nosotros somos los soldados ocultos debajo de la cama.

Así que donde usted ve crueldad y ensañamiento, yo sólo veo dedicación y amor eterno a nuestra patria, a la que juré servir hasta derramar la última gota de mi sangre. Y la de los demás también.

La misericordia y la piedad son lujos que no nos podemos permitir.

En cuanto a no haberle ahorrado la vida ni a las mujeres ni a los niños, sólo le recordaré una cosa: los niños crecen y las mujeres dan luz a potenciales enemigos de nuestra patria.

Se me acusa también de haber sometido a mis víctimas a sufrimientos inútiles y de haberme quedado observando cómo se desangraban sin hacer nada para acortar su dolor. Pero lo que su señoría no entiende es que el espectáculo del horror es la gasolina de los que hemos optado por estar del lado de los que matan. ¿Se imagina usted lo que debe ser pasar por las armas a un pueblo entero lamentando todas y cada una de esas muertes?

Comprenderá entonces su señoría que el hecho de que en esta ocasión me haya equivocado de pueblo y haya dado muerto a 183 “de los nuestros” no debería ser considerado más que como un lamentable error cartográfico.