EL ESTAFADOR #184: RELIGIÓN

13/11/2013

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Javi Cejas

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En primer lugar queremos servir de puente para aquellos que quieran ayudar a los damnificados por el tifón Yolanda en Filipinas. Os dejamos un enlace a una serie de organizaciones que están trabajando sobre el terreno, pulsando aquí, donde se puede contactar con ellas y/o aportar ayuda económica. Para ellos, para la gente que ahora mismo lo está pasando mal en Filipinas, nuestro apoyo en la lejanía.

Hoy en EL ESTAFADOR hablaremos de religión. Porque sigue estando presente ahí. Muy presente. Porque la religión de nuestros días es la economía capitalista. Los obispos son los consejeros financieros, y los presidentes y consejos de administración de las entidades financieras los papas. Las empresas son sedes de lo divino que nos dan el pan que viene del cielo a cambio de nuestro insignificante y terrenal sudor y de nuestra sangre (en el mejor de los casos)… De nuestra vida sacrificada a la gran maquinaria. A entidades financieras, grandes empresas,  sistema capitalista y al Dios Mercado les rendimos tributo y en ellas creemos, en esta religión capitalista y sangrienta. ¡Fé eterna!

Mientras, en el limbo más absoluto, en la antesala al infierno, 6.200.000 parados en España se pudren sin futuro y sin esperanza.

Pero antes de que puedan empezar a leer este nuevo versículo de nuestra gran biblia digital que es EL ESTAFADOR, les queremos presentar a un nuevo hermano estafador, el dibujante Roberto Masso: un autor al que le van a sacar chispas, y en el que pueden creer con fé ciega y absoluta. Bienvenido, Masso.

Monseñor Javirroyo

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Javirroyo

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Javirroyo

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CABECERA BB EL ESTAFADOR #172: TRAMPAS

Belisa Bartraicon vacio EL ESTAFADOR #172: TRAMPASicon facebook estafa EL ESTAFADOR #172: TRAMPASicon vacio1 EL ESTAFADOR #172: TRAMPASicon twitter estafa EL ESTAFADOR #172: TRAMPAS

Memoria

—Pero, ¿a ti qué te pasó? —me preguntó— ¿Lo sabes? ¿Cómo llegaste aquí? Porque yo no tengo ni idea.

—No —respondí impaciente—, ni siquiera sé dónde o qué es aquí.

Pensé que él, o ella, estaba más confundido que yo, lo que ya me parecía difícil, tomando en cuenta mi situación: yo sólo podía pensar en el odio hacia Carla, en su culpa. La rabia me inundaba. Ella era la causante de todo. Estaba seguro.

—¿Culpable de qué? ¿Qué es lo último normal que recuerdas? —insistió aquella voz a mi lado.

—¿Normal? —en ese momento me di cuenta de que había algo irregular en la situación, que yo no había hecho consciente. Claro, tanta blancura a mi alrededor, esa especie de niebla, tenía que haberme hecho sospechar que algo no iba bien. ¿Y Carla tendría que ver con esto?

Él me escuchó. Pudo oír mis pensamientos, o leerlos en mi cara. Fue entonces cuando intenté mirar la suya, y me di cuenta de que percibía su presencia como si estuviese dentro de mí. Podía sentirle, incluso oírle, pero no tocarle. ¿Estaba ahí? Pero, ¿dónde estaba? ¿Quién estaba? Un segundo después estaba fuera de mí, mirándome a los ojos, con un interrogante pintado en cada pupila. Algo no encajaba.

—Lo último normal —respondí haciendo un esfuerzo por destapar la memoria—, pues, venía discutiendo con Carla, mi mujer, ya sabes, discutiendo porque… bueno, por cosas —corté en seco la confesión. Podía detener las palabras, pero no las imágenes que a borbotones brotaban de mi mente.

Mis manos al volante. El asfalto frente a mis ojos. La voz de Carla. La línea blanca en el negro asfalto. Sus lágrimas. La mías. Los árboles girando a los lados. El pedal del acelerador temblando bajo mi suela, mi pierna tensa empujando al pie. Como una avalancha llegó a mi memoria: todo. Su confesión, mi dolor, nuestra tristeza. La humillación, la incontenible furia apoderándose de mi ser, consumiéndome como el fuego abrasa el papel.

—Todo pasó muy rápido —pensaba en voz alta—, y ahora lo siento de otra forma, es un dolor sordo. Tal vez ya ni me duele.

—Aquí ya no te va a doler más —me contestó con una sonrisa que imaginé en sus labios. Entonces pude verle, comprendí y, tras un suspiro, le solté:

—Así que esto era todo —observaba con nuevos ojos la niebla eterna—. ¿No hay nada más?

—No —me dijo tranquilo—, no hay más allá.

—Si lo hubiese sabido antes —le aseguré—, me habría ahorrado tanta iglesia y tanta rezadera.

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Javi Cejas

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Javier Vázquez 

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Bárbara Alcaicon vacio EL ESTAFADOR #170: LOLicon facebook estafa EL ESTAFADOR #170: LOL

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Miguel Bustosicon vacio EL ESTAFADOR #157: ESPIONAJEicon facebook estafa EL ESTAFADOR #157: ESPIONAJE

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Iñaki San Miguelicon vacio EL ESTAFADOR #182: LA FELICIDADicon facebook estafa EL ESTAFADOR #182: LA FELICIDADicon vacio1 EL ESTAFADOR #178: PAN Y CIRCOicon twitter estafa EL ESTAFADOR #178: PAN Y CIRCO

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Tamayoicon vacio EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon facebook estafa EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANA

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Roberto Masso

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Javirroyo

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Adao Iturrusgarai

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Cualquier religión es distracción. Iglesias de conocimiento, templos de aturdimiento. Dogma y doma. También le cantamos a la religión:

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A lo que se dice al final de ese vídeo de hace unos meses tengo que añadirle otra iglesia que han abierto en la otra esquina del Gruta’77, compartida con una imprenta, y otra al final de la calle que parece un garaje. Dios va a venir a salvarles y por eso es mejor que estén todos en el mismo código postal. Más fácil.

La mejor canción que conozco sobre religión es una de las que más me gusta de PiL, “Religion”. La parte I declamada y subtitulada: http://youtu.be/tf2VZoPs1z4 y la parte II cantada: http://youtu.be/bO6uh2o0GOQ

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Javier Vázquez 

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Xavier Águedaicon vacio EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon facebook estafa EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon vacio1 EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANAicon twitter estafa EL ESTAFADOR #169: CLONACIÓN HUMANA 

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Federico Montalbán

A Simón Frutos

Hubo un tiempo en que para los hombres que compartían la Palabra de Dios en la Tierra, el Paraíso no eran los baños de un colegio católico lleno de niños indefensos. Para ellos, el Paraíso estaría en todas partes, sería la Jerusalén Celeste y duraría, al menos, mil años. Estos hombres no maldecían ni perseguían al pecador y sí a “aquel que obstaculice el exterminio de todos lo señores”.

Hubo un tiempo en que hombres y mujeres creyentes no se dedicaban a la limosna o a la hipocresía de confesionario. Se dedicaban a recorrer el camino inverso de la alienación religiosa y a traer el Cielo a la Tierra. Se dedicaban a construir la Ciudad Celeste en Münster y en Canudos. Hacían temblar a los ejércitos (brasileños, alemanes o papales, les daba igual) porque sabían “cargar trabucos homicidas con las cuentas de los rosarios”. Esas pequeñas cuentas de colores eran el Espíritu Santo recorriendo el cielo a cientos de kilómetros por hora para redimir a la carne capitalista y mercenaria de sus errores. Si peregrinaban, lo hacían “abriendo las puertas de las cárceles y los cofres de los ricos”.

Hubo un tiempo en el que el dinero dejó de existir, ardió en la hoguera, el Espíritu fue libre y el Amor interminable. Hombres y mujeres valían, hacían, pensaban, follaban lo mismo. “Si una hermana de la libertad acudía a un hermano, después de haber comulgado éste, y le decía: hermano, te lo pido por caridad, acuéstate conmigo; éste no le respondía que acababa de comulgar sino que obedecía a la tendencia natural con valentía, dos o cuatro veces, sin escrúpulos y sin confesión”. La sodomía y el safismo eran igualmente libres y faltos de culpa. El Amor era siempre bienvenido “con su propia hermana o con su madre, incluso sobre el altar”.

Hubo un tiempo en que se sabía leer la Biblia, por ejemplo, la Epístola de Santiago: “¿Acaso no son los ricos los que os oprimen y os arrastran ante los tribunales? ¡Vamos ahora, oh, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas y vuestras ropas están comidas de polillas; vuestro oro y vuestra plata están enmohecidos y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego”. Hubo un tiempo en que, al amparo del nombre de Francisco, algunos, Hermanos Menores, fraticelli, hicieron suyas esas palabras y llenos de Espíritu Santo, “llegaron al extremo de atacar y saquear monasterios en Italia”. Y, ahora, ahora el Papa dice que quiera un papamóvil más sencillo y todos lo celebran como si fuera el Mesías definitivo.

Los buenos tiempos han quedado definitivamente atrás.

(Todas las citas están extraídas de “El incendio milenarista” de Yves Delhoysie y Georges Lapierre.)

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Roberto Masso

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Juanfran Molinaicon facebook estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon vacio1 EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICAicon twitter estafa EL ESTAFADOR #167: ESCUELA PÚBLICA

Después del estruendo

El niño se bajó de su sillita y anduvo por la parte trasera del vehículo familiar. Estaba hambriento, aburrido y cansado. Con las manitas tanteaba los asientos, rozaba la piel, manoteaba sobre ella. Apoyaba su cabecita, resoplaba. Se agachó y gateó un poco, tropezando con algún juguete perdido y un envase de refresco olvidado. Escaló de nuevo al asiento con dificultad y se acomodó en la sillita. Varios minutos después volvió a realizar la misma operación, aunque esta vez terminó por encaramarse a los asientos, ponerse de pie y recorrerlos de un lado a otro hasta cansarse. Se sentó en el lado opuesto a su sitio y acercó la cara a la luna trasera. Estaba fría. Pego la frente al cristal que su respiración empañaba y tuvo que pasarle la mano, como cuando jugaba con su mamá, para poder observar el movimiento. No entendía nada, pero le parecía divertido, le hacía sonreír. Se retiró de la ventanilla y se quedó pensando, mirando al frente. Cuando pensaba se quedaba así, como paralizado, muy concentrado, mirando fijamente en alguna dirección.

Siempre jugaba a tirar de la manija de la puerta del coche, a sabiendas de que siempre estaba cerrada para él. Sin embargo, hoy, al accionarla, la puerta se abrió. Que él recordase, era la primera vez que abría la portezuela por sus propios medios. Le habían dicho “no te muevas de aquí, tardo un segundo”, y él había asentido con la cabeza, recibiendo un gran beso en la mejilla. A pesar de la prohibición decidió empujarla, y bajó despacio del coche, casi dejándose caer. El aparcamiento estaba lleno de gente, coches y ruido. Empezó a caminar lentamente, llamando a su papá, con la seguridad de que aparecería justo donde él estaba en pocos segundos, como de costumbre. Como nadie respondía, dio una vuelta alrededor del coche caminando despacio, algo inseguro, apoyándose levemente en la carrocería llena de polvo. Mostraba esos ojos tan abiertos y expectantes de siempre, ansiosos por recibir la vida, las cosas, los colores, los gestos, todo lo que le decían los demás, todas las cosas nuevas de cada día, que casi siempre le hacían reír, aunque alguna vez le asustasen. Sonreía levemente. Ofrecía esa carita confiada que se le ponía cuando veía a sus padres acercarse. Algunos años después supo que su padre murió ese día a causa de su religión.

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Carlos de Diego 

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Miguel Bustosicon vacio EL ESTAFADOR #157: ESPIONAJEicon facebook estafa EL ESTAFADOR #157: ESPIONAJE 

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Javirroyo

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Iñaki San Miguelicon vacio EL ESTAFADOR #182: LA FELICIDADicon facebook estafa EL ESTAFADOR #182: LA FELICIDADicon vacio1 EL ESTAFADOR #178: PAN Y CIRCOicon twitter estafa EL ESTAFADOR #178: PAN Y CIRCO

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2 Comments

  1. galeb saleh dice:

    ¿Estáis seguros que la ayuda a los del tifón va a ellos?, lo digo porque los que gobiernan se frotan las manos cada vez que hay desastres, y al final no se hace nada.

  2. J.Diaz dice:

    ¿Que gonadas tiene que ver el chachullo de las ayudas a lejanos que nunca llegan — lo de ayudar a tu vecino es de idiotas por lo visto — con la estafa haz lo que yo digo y callate de las sectas satanicas vaticanas — o cualquie otro vividor iluminado —?
    Sera porque hay que ser igualmente iluso para creer en las ayudas en los desastres de los pobres llegan evectivamente a los pobre como para creerse que una maricona pederasta y fascista tiene realmente idea de lo que piensa o no piensa un hipotetico ser imaginario.
    En cuestiones de fe prefiero a los teltubis, Lala sera maricona como el prelado pero nunca han quemado en a hogera nadie por no adorarla.
    Alabvado — y peinado — sea el dios de espaguetis con albondigad y San Durruti martir pero ni de coña virgen.

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